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viernes, 27 de noviembre de 2015

Afinar el cerebro, ¿ciencia o arte?

Hace poco, en otro post, hablaba sobre los psicofármacos y la psicoterapia, y sobre el papel de cada uno de ellos dentro del tratamiento de los problemas de salud mental. Todos tenemos claro lo que es una pastilla: una cosita pequeña que cuando te la tomas se "disuelve" en el estómago, pasa a la sangre y hace lo que tenga que hacer allá donde esté el problema en nuestro cuerpo, en este caso en el cerebro. Si preguntamos a un auditorio no habrá gran variabilidad de opiniones al respecto de cómo funciona la cosa. Sin embargo, cuando hablamos de psicoterapia la cosa se vuelve un poco menos concreta. Aunque hay muchos estilos y corrientes dentro de la psicoterapia, salvo que uno tenga una experiencia personal más cercana, la idea que tenemos de ella suele estar bastante influenciada por lo que hemos visto en la gran pantalla:


Cuando uno ve escenas como ésta e intenta explicar qué está pasando y por qué lo que está pasando puede ser terapéutico, la explicación se vuelve más difícil y más difusa... menos intuitiva. Es fácil creer que una pastilla va al cerebro y tiene una acción concreta allí; y, en contrapartida, parece que para explicar cómo funciona esto de la terapia hay que entrar en el terreno de la filosofía, la mística o el "acto de fe"; como que resulta difícil de explicar desde los parámetros científicos de la pastilla. Sin embargo, cuando uno se adentra un poco más en el tema empieza a darse cuenta de que la pastilla y la terapia tienen más en común de lo que parece, sólo que una entra en la persona por vía oral y la otra por vías un poquito diferentes. A estas alturas del siglo XXI los científicos saben ya unas cuantas cosas del sistema nervioso, y esto nos va permitiendo también entender cómo funciona la psicoterapia que, aunque tiene mucho de arte, también tiene mucho de ciencia. La pregunta, entonces, sería: ¿en qué se parecen una pastilla y una sesión de psicoterapia? En que las dos actúan sobre el cerebro. Para entender mejor esto, dos pinceladas rápidas de neurociencia para doomies: 

Para entender el cerebro, vamos a dividirlo en tres partes, como se ve en esta foto:


Si hacemos un recorrido por el orden en el que aparecieron en la evolución de las especies, la parte que está más abajo es el cerebro reptiliano, y esta parte controla las funciones vitales (el ritmo cardíaco, la respiración...) y los instintos (hambre, sueño...). Un poquito más arriba tenemos el sistema límbico, que es el que se ocupa de las emociones (que recordemos que son como "señales", con un importante correlato corporal, que nos informan de cómo "nos sienta" lo que nos ocurre y sirven para orientar nuestras acciones); y, aún más arriba, tenemos la corteza cerebral, de donde salen los pensamientos, la planificación y todas las funciones más complejas. Así como el sistema límbico (en su forma medianamente desarrollada) está reservado sólo a los seres que se encuentran en la escalera de la evolución de mamífero para arriba, el neocórtex o corteza cerebral lo encontramos sólo de primates para arriba.  Dentro de la corteza hay una zona especialmente interesante para el tema que nos ocupa, y cuyo máximo desarrollo es patrimonio exclusivo de la especie humana: la corteza prefrontal.


En ella, concretamente en la corteza prefrontal medial, residen nuestras capacidades más complejas: el pensamiento abstracto, la metacognición (pensar sobre lo que pienso), la identidad personal, la ética... Otra función muy importante que tiene esta zona es la de supervisar los procesos que suceden en las otras regiones y armonizarlos. Así, por ejemplo, aunque mi cerebro reptiliano y límbico me digan que me coma el octavo bombón de la tarde, mi corteza prefrontal me manda un mensaje de "ya es suficiente, no comas más". O si voy en el metro y mi cerebro reptiliano me dice que el chico que está sentado en el asiento de enfrente me atrae terriblemente, pero mi neocórtex me recuerda que tengo una pareja en casa y que uno de mis valores es la fidelidad, la corteza prefrontal armonizará todo eso y hará que no salte al cuello de mi compañero de vagón; y que eso, además, no me suponga ningún drama a nivel emocional. Y todo ello en pro de nuestra supervivencia, nuestra adaptación, la satisfacción de nuestras necesidades y nuestro mayor nivel posible de bienestar. No es poca cosa, no...

Sin embargo, cuando las  tres zonas están "desarmonizadas", la persona suena como un concierto en el que cada uno va por su lado, o en el que los músicos se hubieran olvidado de afinar los instrumentos. Un desastre, vaya. Pensamientos disparados, emociones desbordadas, instintos dominando la situación. Malestar instalado, tristeza crónica... incluso ciertos problemas cardiovasculares se ha demostrado ya que tienen ciertos rasgos de personalidad y estados emocionales como factores de riesgo.

La psicoterapia trabaja en la integración de estas tres zonas del cerebro, trata de contribuir a armonizarlas de nuevo, intenta ayudar a la corteza prefrontal a que haga su trabajo armonizador. Cuando tenemos un "insight", palabreja que usan los psicólogos para denominar ese "caer en la cuenta de algo" (que es lo que se busca que suceda en terapia), lo que ha pasado es que hemos hecho nuevas conexiones neuronales, hemos conectado "esto" con "aquello", nos hacemos conscientes de algo que estaba ahí, pero no terminábamos de ver; y esta nueva información cambia nuestro panorama. Hace tiempo que sabemos que la terapia produce cambios a nivel neuronal. Esta capacidad del cerebro de realizar nuevas conexiones se llama neuroplasticidad. En terapia usamos todos los medios a nuestro alcance para ayudar a la corteza prefrontal a integrar pensamientos, emociones, funciones corporales. Ayudamos al cerebro y, como consecuencia, a todo el resto del cuerpo (ya que estamos tocando la CPU, "el disco duro" del cuerpo) a funcionar mejor. Como la pastilla, sólo que con menos riesgo de efectos colaterales en otros órganos y con un efecto bastante más duradero.

La pastilla sólo entra por la boca. La terapia entra de diversas formas. Una vez más, Robin Williams nos ayuda en nuestra explicación:



El profesor Keating hace vivir a los chicos una experiencia muy física, muy corporal, que les va a provocar emociones y que acompaña de una estimulación del pensamiento. Ayuda a que se produzca ese "insight", ese "darse cuenta" que cambiará sus perspectivas y les dará nuevas claves para situarse en el mundo de ahora en adelante. Este profesor, a su modo, está haciendo una sesión de terapia.Y está trabajando con el cerebro. 

Así visto, alguno se desilusionará, y hasta se enfadará, y hasta podría acusarme de biologicista. Pero es que todo esto no le quita una chispa ni de magia ni de misterio al hecho de que un contacto directo entre seres humanos, como lo es la terapia, resulte curativo. Y es que una de las cosas que necesita el cerebro en general y el sistema límbico en particular para funcionar bien es un entorno estable y seguro y relaciones personales cálidas y afectuosas... como debería ser la relación entre paciente y terapeuta. Y, además, por más que todos los seres humanos tengan manos, no hay dos manos iguales, ni sentimos lo mismo en el contacto con una mano o con otra. Igual en terapia, por más que nuestra personalidad tenga su sustrato en algún lugar de nuestro sistema nervioso, eso no nos hace menos únicos e irrepetibles, ni hace menos único e irrepetible el contacto entre dos seres humanos concretos en el aquí y el ahora.

La psicoterapia, pues, actúa, al igual que la pastilla, sobre el cuerpo, sobre el cerebro. Con una diferencia: la pastilla no crea nuevas conexiones neuronales. La pastilla puede (ya lo hablamos en aquel otro post) ayudar a crear un clima en el que la persona que está demasiado fuera de control o demasiado desestructurada pueda reequilibrarse un poco para poder empezar a trabajar consigo misma. Pero la tarea de fondo (y aquí nos reconciliamos con la filosofía) vuelve a estar en la mano de cada ser humano, depende de cómo quiera trabajarse a sí mismo para encontrar dentro de sí fuerza vital, sentido y salud. En este "departamento" de las capacidades del ser humano es donde trabaja encantada la psicoterapia.

martes, 6 de octubre de 2015

Dile a tu capitán que solicito parlamento

Cuando uno se adentra, ya sea por razones personales, profesionales o académicas, en el mundo de la salud mental y todo lo que le rodea, hay un debate que pronto sale al encuentro, y es el que plantean los psicofármacos. Uno se encuentra de pronto inmerso en una especie de "guerra de salón" en la que algunos (muchos de ellos psicólogos) desprecian con desdén o hasta arremeten contra los fármacos como unas sustancias inservibles en el mejor de los casos o hasta perjudiciales en el peor de ellos, además de generadoras de dependencia ; y otros (muchos de ellos médicos) se enfurecen al pensar en el atraso que supone no usar unas sustancias que, gracias a los esfuerzos de investigación de décadas y décadas, pueden aliviar los males de quienes sufren por esas enfermedades que son concebidas por la medicina como una alteración en el sistema nervioso de las personas.

A mí personalmente, que me siento entre dos aguas en este mundo de la salud mental, el debate me parece un poco un despilfarro de energía, porque creo que es algo así como si nos planteáramos si la ensalada hay que aliñarla con aceite o con vinagre: pues mire, hay gente que sólo con aceite, hay quien solo con vinagre y mucha gente prefiere echarle los dos. Y es que si dejamos a un lado fundamentalismos y nos quitamos los yelmos profesionales que nos tapan las orejas y nos oprimen la mente, es posible que unos y otros podamos entendernos.

En lo que a mí respecta, conozco y comparto algunos de los argumentos de ambos "bandos". Estoy de acuerdo, por ejemplo, en que tomar un psicofármaco puede entrañar el riesgo de que se pase por encima de lo que la angustia, la tristeza o la pérdida de sentido de la realidad le puede estar diciendo a la persona sobre sí misma. Uno puede quedarse en el nivel de los neurotransmisores ("si la depresión es un problema con la gestión del neurotransmisor serotonina y me tomo una pastilla que regula los niveles de serotonina, se acabó la depresión") y no preocuparse por resolver, a otro nivel, la pérdida que se ha sufrido y que ha desencadenado ese desequilibrio en la serotonina. Esto es más tentador todavía en una sociedad que nos invita al absoluto confort, a no hacer esfuerzo alguno para superarnos o crecer como personas. "Si existen unas pastillas para adelgazar que me permiten seguir comiendo exactamente igual de insano que hasta ahora, mejor que mejor", no vaya a ser que nos veamos obligados a hacer un esfuerzo para cambiar nuestro ritmo de vida o nuestros hábitos por otros más saludables:


Así, es más sencillo tomarse una pastilla que haga el trabajo por mí que hacer yo un trabajo personal que me comprometa y puede que me saque del "sofá vital" en el que estoy apoltronado. 

También estoy de acuerdo en que la industria farmacéutica tiene golosísimos intereses en hacer pensar a todo el mundo que necesita un psicofármaco, y pone en marcha toda su maquinaria como lobby para psiquiatrizar cualquier malestar que la vida nos trae. Estar triste o nervioso puede ser perfectamente normal, un mecanismo para facilitar nuestra adaptación al medio, como ya vimos en otro post. El problema real viene cuando la cosa se va de madre y pasa a ser algo desadaptativo. Ahí es cuando hay que hacer "algo más". 

Y, compartiendo estos argumentos, también tengo la experiencia clínica de ver a personas con problemas de salud mental pasando por situaciones de mucho sufrimiento; con tanto dolor que no pueden ni siquiera retirar el esparadrapo para enseñar la herida; con tanta angustia que no pueden sentarse en una consulta a hablar de su dolor; con unas voces en su cabeza tan reales para sí mismos y tan amenazadoras como para paralizar completamente su vida; con tanta ansiedad como para no atreverse a salir de casa, y no llegar a una cita de terapia. En estos casos, creo que tener un fármaco y no darlo es como hacer caminar a pie hasta el hospital a alguien que acaba de romperse la pierna por tres sitios. Si nos ponemos naturistas y decimos que hay que optar sólo por lo natural, refinaré las palabras de uno de mis profesores del hospital Gregorio Marañón, cuando nos explicaba que no todo lo natural es bueno, porque "una patada en los testículos es algo muy natural" y no gusta precisamente. En el extremo contrario, tampoco me siento cómoda cuando contemplo a esas personas enlentecidas por un exceso de medicación: si un adolescente o un niño se tiene que quedar dormido de pura sobremedicación en clase para poder lidiar con su trastorno de hiperactividad, algo falla...

En fin, pese a esta nube de argumentos y contraargumentos, mi postura es clara, y sigo con el ejemplo de la pierna rota, en la que los psicofármacos serían el equivalente a una muleta: si te has hecho un torcedura leve, no te voy a dar una muleta, sino una tobillera si acaso, o a lo mejor nada de nada. Si te has roto una pierna, te voy a dar rehabilitación (que equivaldría a la psicoterapia) para que recuperes la función de la pierna; pero tendré que escayolarte un tiempo primero y darte una muleta para que puedas ir tirando, porque el proceso va a ser largo y necesitarás vivir mientras tanto, y cada vez que apoyas el pie te quieres morir. Y si no te la doy quizás ni siquiera puedas salir a la calle para ir al fisio. Eso sí, el trabajo importante en el sentido profundo y a largo plazo es la rehabilitación; porque su objetivo, al igual que debe ser el de la psicoterapia, es que la persona sea capaz de valerse por sí misma, de caminar sin muletas. Hay también personas que, por el problema que tienen, toda la vida tienen que caminar con una muleta: aceptemos también esta realidad; y, sobre todo, dejemos a la persona decidir cómo quiere caminar: si quiere cojear, si quiere ir con muleta, sin muleta, en carrito, o entrenarse para correr maratones aunque sea cojo. Pongamos a disposición de la persona todas las armas que tenemos para ofrecerle para su batalla personal contra los problemas de salud mental. Expliquémosle ventajas e inconvenientes y dejémosla decidir como persona libre que es. Y hagamos que se sienta acompañada en su decisión, porque es su vida lo que está en juego en todo caso.  

En fin, que, como en Piratas del Caribe, lo más sensato, antes de que un bando sentencie de muerte a otro, sería solicitar parlamento.


domingo, 28 de junio de 2015

¿Mc Terapia con patatas grandes?

Cuando alguien se plantea iniciar una terapia, al igual que cuando uno inicia una obra en casa (que va a ser cara y nos va a desbaratar la vida por un tiempo), es normal que se pregunte, "¿y esto cuánto va a durar?"

El mundo de las terapias psicológicas es grande y complejo, con interconexiones e intraconexiones dentro de los diferentes tipos de terapias, y a su vez con fusiones y adaptaciones. Y todo ello aderezado por el actualmente en boga "eclecticismo" de los terapeutas, que toman de acá y de allá para tratar de encontrar un estilo personal.
Simplificando mucho (muchísimo), hablaremos de tres grandes tipos de terapias psicológicas, por orden cronológico de aparición en el mundo de la terapia: 

Por un lado, la cognitivo-conductual, que se basa en que nuestra conducta es fruto de nuestra cognición. Los pensamientos serían el estímulo que provoca como respuesta una conducta. Por ejemplo, una persona que piensa que va a ser rechazada porque no es capaz de ver sus cualidades se comporta de forma retraída. Si conseguimos cambiar lo que piensa sobre sí misma, es posible que su conducta cambie. Desde esta orientación se ayuda a la persona a cambiar sus cogniciones, lo cual traerá como consecuencia un cambio en su conducta y, en definitiva, se encontrará mejor.

Por otro lado está la orientación psicoanalítica. Para los terapeutas de esta orientación los estímulos que provocan la conducta son básicamente la libido, los instintos y los mecanismos de defensa. Se trata de analizar e interpretar cómo estos están influyendo en la vida del individuo. Por ejemplo, la persona del ejemplo anterior podría estar con su conducta retraída protegiéndose del rechazo, porque se sintió rechazado por sus padres en su primera infancia o ya desde el vientre de su madre. 

Por último, la psicoterapia humanista o tercera fuerza, más que poner el énfasis en lo que "no funciona" de la persona, pone el énfasis en el valor del ser humano, en su capacidad de crecimiento. Cree en la potencialidad del ser humano para desarrollarse; confía en que, si se dan las condiciones necesarias, la persona, como una semilla, dará buen fruto. En el caso de la persona que se comporta de forma retraída lo importante sería crear una relación terapéutica que permita a la persona explorar su mundo interior, hacerse consciente de sus luces y sus sombras, averiguar lo que realmente quiere y sentirse capaz de caminar hacia ello. 

Pero y la obra, ¿qué? ¿cuánto va a durar? ¿cuánto tiempo con los obreros dando vueltas por la casa y llenándolo todo de polvillo blanco, de ese que no sale por más que friegues?

Pues bien, la duración es variable. Vemos gente que en pocos meses ha resuelto lo que quería resolver y gente que lleva 6 años acudiendo al psicoanalista y esto no tiene visos de terminar. Por supuesto, no se puede dar una duración estándar para algo tan individual e irrepetible como es el acompañamiento a un ser humano y como lo son también las circunstancias que pueden estar rodeando su vida en un determinado momento, así como el grado de profundidad al que está dispuesta a "bucear" una persona.

Y en realidad lo que quiero no es tanto incidir en el tema de la duración de una terapia como en el estilo de la misma, aunque indudablemente lo segundo influye en lo primero. Hoy en día lo que más en boga está en nuestro entorno es la terapia cognitivo-conductual, hasta el punto de que apenas si se habla de otras orientaciones en las facultades de psicología de las universidades españolas. Y, desde mi punto de vista, aparte de con otras circunstancias, esto puede tener algo que ver con el estilo de vida predominante en nuestra sociedad (o, si no es una causa directa, desde luego que contribuye a perpetuar su hegemonía). En nuestra sociedad se trata de obtener soluciones rápidas y efectivas, que resuelvan cuanto antes la papeleta. Por tanto, es fácil de entender que una terapia que da resultados rápidos case con nuestra sociedad como anillo al dedo. Entiéndaseme, no quiero yo arremeter contra los terapeutas ni contra las terapias cognitivo-conductuales, y reconozco que sus técnicas pueden ser muy útiles en ciertas circunstancias. Sin embargo, hay algo subyacente a su filosofía que me chirría, y por lo cual me alejo de ella como "estilo terapéutico básico" personal. Alguien en mi entorno lo dijo hace poco de una manera muy gráfica (y que espero no ofenda a nadie): lo cognitivo-conductual sería como la "fast food" de la psicoterapia: te puede solucionar una comida de forma rápida y relativamente cómoda puntualmente (bendito kebab que nos libró de la inanición aquel día que volvíamos de viaje y no había nada en la nevera), pero no puedes basar tu dieta en ella si quieres tener una vida saludable.


Creo que una terapia, para ser de calidad, debe ser profunda. Mi experiencia en drogodependencias, por ejemplo, me dice que usar la técnica de no acudir a lugares donde se esté consumiendo la droga (o para el fumador retirar los ceniceros de casa) es eficaz... a corto plazo. Ese día la persona no consume. Pero si además de eso (que es muy necesario) no profundiza en las razones que le han llevado a necesitar consumir una sustancia para enfrentarse al día a día, se hace consciente de las emociones que subyacen en el malestar que alivia por medio de la droga y encuentra un sentido profundo para su existencia y una sensación de capacidad para abandonar el consumo y construir la vida que realmente quiere, a las pocas semanas volverá a acudir a lugares de riesgo para consumir de nuevo. Porque la fast-food es sólo fast-food, por mucho que se la aderece con complejos vitamínicos (en forma de ansiolíticos, antidepresivos etc...) para hacer un constructo esperpéntico que se parezca a una comida nutritiva. En el caso de los niños, desde una perspectiva conductista podemos darles una ficha cada vez que hacen algo bien que luego podrán cambiar por un premio; o podemos, desde una perspectiva humanista, crear un clima de comunicación emocional en el que el niño decida colaborar porque se da cuenta de que eso contribuye al bienestar propio y de los que le rodean y a un mejor clima en casa o en el colegio. Es posible que al segundo niño le lleve más tiempo, pero es también más probable que la actitud de colaboración perdure para siempre y en todos los ambientes.

En el mundo del fast-food, fast-sex y las fast-cities, un poquito de reposo y ralentización no nos viene nada mal para tener una vida más saludable, como ya propusieron hace más de veinte años los impulsores del movimiento Slow.

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Es por todo esto que desde mi orientación básica humanista centrada en la persona no puedo más que abogar por la terapia de ternera ecológica cocinada a fuego lento; y, sólo puntualmente y cuando no haya tomate raaf de temporada a mano, ponerle como aderezo un poquito de ketchup. 

sábado, 17 de enero de 2015

Libertad para contar estrellas

Decía Freud que “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica [...] esto es anticientífico". Sin desmerecer los grandes aportes de Freud al pensamiento actual en general y a la psicoterapia en particular, demos gracias a los dioses porque, en un arranque de optimismo y positividad, surgió la psicología de corte humanista (y su correlato filosófico), que nos proporcionó un gran alivio al intentar trasmitirnos que se podía creer profundamente en el ser humano, que era un ser dotado de capacidad para decidir y que, encima, su tendencia natural es hacia el crecimiento personal y caminar siempre hacia "algo mejor" (pese a que todos tengamos ahora mismo a alguien o "álguienes" en mente que nos hacen dudar de este aserto). Pues sí, así de universalmente positivos eran estos señores humanistas. Y de esta sencilla base sacan todas sus teorías sobre qué es la salud psicológica y qué es la falta de la misma. 

Lo que no podían imaginarse pensadores y psicólogos como Carl Rogers, es que el grupo de pop rock estadounidense de rabiosa actualidad "One Republic" iba a hacer en 2013 una canción que tenía mucho que ver con sus teorías de la salud y la falta de salud mental (y supongo que igual de poco consciente es el susodicho grupo de esta coincidencia):





Para Carl Rogers, el origen de la patología mental son aquellas cosas que las figuras significativas presentes sobre todo en nuestros años más "mozos" (padres, otros familiares, profesores o educadores y un amplio etcétera) nos transmitieron como necesarias para ser aceptados por ellos. Así, alguien que sintió que para ser aceptado por sus padres debía, por ejemplo, asumir como propia la idea de que "las personas deben aspirar a ir a la universidad", podría desarrollar mecanismos psicológicos para ahogar cualquier otra vocación que no implicase el paso por la universidad; por ejemplo, la de ser mecánico, actor o fotógrafo. Puede que años después nos encontremos a un abogado deprimido o con actitudes agresivas en su puesto de trabajo, que sufre y que ni siquiera sabe por qué está como está. Porque aquellas ideas grabadas a fuego y asumidas como propias, pese a ir contra los aspiraciones verdaderas de la persona, son difíciles de desmontar. 

La persona que empieza a hacer un proceso terapéutico o de crecimiento personal (sola o acompañada, que para salir de estos atolladeros no siempre es necesario un terapeuta), se encuentra diciéndose a sí misma, como en la canción, que últimamente ha estado perdiendo el sueño soñando con las cosas que podría haber sido. Esa persona ha comenzado a "desaprender" todo aquello que absorbió como suyo, aunque iba en contra de sus sentimientos (¡qué seres tan delicados y maleables son los niños!); es una persona que de pronto descubre que se siente tan bien haciendo lo (supuestamente) incorrecto y que se siente tan mal haciendo lo (supuestamente) correcto; que se sorprende y entra en crisis al caer en la cuenta de que todo lo que (supuestamente) me mata me hace sentir vivo y que, pese a que le han enseñado que es bueno contar dólares (o ser heterosexual, o buscar siempre estabilidad en su vida, o vestirse de una determinada manera, o ser una persona religiosa... o atea) , lo que él/ella quiere es contar estrellas. Para llegar a ello hay que contactar  con lo que sentimos realmente (siento el amor y siento que quema), más allá de lo que sutil y bienintencionadamente nos han hecho creer que es correcto sentir. El paso, a veces, es doloroso, porque implica  tomar ese dinero y mirarlo quemarse. No es fácil quemar la herencia recibida y las lecciones que aprendimos de los seres más  queridos e importantes para nosotros.

El día que te encuentres cuestionando tus "cimientos", alégrate, porque estás en el camino del crecimiento. Pero, ¿qué hace falta para llegar a un punto de conocimiento personal como para ser consciente de estas "trampas" emocionales y deshacerlas? O, aún mejor, ¿hay alguna forma de evitar que los niños lleguen a aprender cosas que luego tendrán que "desaprender"? La respuesta, en otro post, que me voy a contar estrellas.

jueves, 8 de enero de 2015

Año nuevo, propósitos viejos

Es época de propósitos. Con las doce uvas, muchos trataron de sellar un pacto consigo mismos y con su particular lista de "este año que viene tendría que..." ¿Los más comunes finales para esta frase? "...dejar de fumar", "...perder peso", "... hacer más ejercicio". Pero hay un largo, personal e ilimitable etcétera. Si con cada docena de uvas realmente estableciéramos un contrato vinculante con nosotros mismos, a estas alturas la media de adultos seríamos cuasi-perfectos. Sin embargo, esto no es así; y eso se debe a que, si revisamos el histórico de propósitos de los últimos diez o veinte años, en muchos casos los propósitos de los diferentes años se repiten más que la cebolla, con la consiguiente frustración para el que se creyó que esta vez se había propuesto cambiar "de verdad de la buena". Y aquí viene la gran pregunta: ¿qué falla entonces? ¿por qué es tan difícil cambiar nuestros hábitos? 

Esta misma pregunta se la hicieron hace ya unos treinta años los señores Prochaska y Diclemente. A lo largo de sus investigaciones se dedicaron a hacer una auténtica disección del proceso del cambio en las personas, lo cual les llevó a desarrollar un modelo que llamaron "modelo transteórico del cambio", y que se ha convertido en una referencia en lo que al cambio de hábitos y estilos de vida se refiere. Comprender este modelo nos ayudará a dar respuesta a nuestra pregunta. 

Según este modelo, todo cambio en nuestras vidas (ya sea cambiar de pareja, de trabajo, de dieta, de coche o de cualquier otra cosa o comportamiento), pasa siempre por las mismas fases. Para entender bien cómo pasamos de unas a otras es necesario comprender que todo hábito, situación o conducta (por  poco sana que ésta sea) tiene una especie de anverso y reverso, una parte positiva y otra negativa, una serie de ventajas y desventajas. Es decir, la persona que fuma, objetivamente está perjudicando su salud, pero no seguiría fumando si no hubiera al menos algo "positivo" para él o ella en la conducta de fumar, ya sea el sabor del cigarrillo, la relajación momentánea que experimenta, la sensación de inclusión en un círculo de fumadores o cualquier otra subjetivamente atrayente. La visión personal que tenemos de estas ventajas e inconvenientes va variando a lo largo de nuestro proceso de cambio, según la fase en la que nos encontremos: 

-Precontemplación, en la que la persona no es consciente de que su situación actual es problemática, ya que sólo es capaz de ver las ventajas de su conducta.
-Contemplación, en la que la persona comienza a intuir que su conducta  actual, además de las ventajas también le trae problemas y, como aturullado por "el angelito" y "el demonio" de los dibujos animados, vive en una lucha interna entre cambiar o no cambiar el hábito o la situación en cuestión. Los psicólogos y psicoterapeutas han decidido llamar ambivalencia a esa "lucha interna". En este vídeo podemos observar a una sufriente víctima de la ambivalencia:






-Determinación, en la que la persona por fin rompe la ambivalencia y decide cambiar.
-Acción, en la que la persona cambia su conducta de forma observable. 
-Mantenimiento, en la que la persona se mantiene en dicho cambio observable (tras seis meses de "acción" se habla de fase de mantenimiento). 
-Y la más temida y rechazada, el "coco" del proceso del cambio: la recaída, que es, dentro de la fase de acción o de mantenimiento, una vuelta a la conducta o hábito previo al cambio. La duración de la recaída es variable, y también varía la fase del cambio a la que se reenganchará la persona. Pese a su mala prensa, la recaída puede ofrecer mucho y muy bueno al proceso de cambio. Ya hablaremos de esto en otro post...

Prochaska y Diclemente ilustraron su teoría con este gráfico:



(Nótese que el proceso no es lineal, sino una rueda. Incluso a veces se representa como una espiral. En sus estudios vieron que los fumadores necesitaron una media de cuatro vueltas a esta rueda para conseguir dejar el hábito de fumar definitivamente)

Y ahora viene lo que, desde mi punto de vista, es el quid de la cuestión: tradicionalmente sólo hemos entendido como cambio la fase de acción, en la que el cambio "se ve". Pero, para llegar a la fase de acción y para mantenerla en el tiempo, es muy importante haber pasado concienzudamente por las fases previas. Igual que parece evidente que para cambiar de trabajo, por ejemplo, tengo que haber tomado la decisión, y para ello tengo que haber hecho una buena reflexión sobre las ventajas de mantenerme en mi trabajo actual o dejarlo y buscar uno nuevo y haber llegado a la conclusión de que "me compensa" el esfuerzo que supone ese cambio (y que supone todo cambio), lo mismo pasa con cualquier otro hábito o costumbre adquirida, ya sea dietética, de estilo de relación o de cualquier otra índole. Si nos lanzamos directamente a la fase de acción sin haber lidiado con la ambivalencia de las fases previas el resultado es el "cateado para septiembre" que acumulamos una y otra vez en muchos de nuestros propósitos (en muchos otros lo hacemos exitosamente sin darnos cuenta, no vamos a decir que nadie consigue nada de lo que se propone...). 

Así que, un poco (o un mucho) de reflexión previa es imprescindible para enfrentar con éxito la ardua tarea que supone cualquier cambio en nuestro estilo de vida. Siguiendo con Prochaska y Diclemente, sus estudios llegaron a la conclusión de que en las primeras fases del cambio (precontemplativa y contemplativa) lo más catalizador del cambio es centrarse en los inconvenientes que me supone la conducta problemática que estoy manteniendo. Para la fase de acción y mantenimiento, sin embargo, es más poderoso como motor para abstenerse de volver al "lado oscuro" concentrarse más en las ventajas que tendrá el cambio sobre mi vida.

En fin, no es imposible cambiar, sino que muchas veces no emprendemos el cambio de la manera más eficiente. Si os pica la curiosidad con todo esto del cambio y leéis en inglés, os recomiendo este libro de los propios Prochaska y Diclemente para los self-changers o personas que quieren lanzarse al "hágalo usted mismo" del cambio. Si aún así no se consigue, hay fantásticos profesionales preparados para ayudar con esto del cambio, ya sea a dejar el tabaco, el alcohol u otras drogas, bajar de peso o dejar una relación tóxica. Eso sí, desconfíe de quien le lanza una dieta y un régimen de ejercicio así sin más y no le ayuda a lidiar con la ambivalencia, porque para toda PS-4 hay una X Box One, e ignorar esto es no conocer al enemigo y precipitarse a un más que anunciado fracaso. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

El Circo de la Mariposa: el Sr. Méndez

La historia del señor Méndez y Will es la historia de una relación de ayuda. Hay alguien en situación de vulnerabilidad y alguien que decide tratar de ayudar a ese alguien; y se produce un contacto, un día a una hora, sin que supieran que iban a encontrarse. La reacción ante una persona como Will puede ser muy diversa: como la que tienen los espectadores del circo: lástima, risa, asco, morbo; como la que tienen los niños que le lanzan tomates: sentirse superior y abusar; u otras que no aparecen en el corto: indiferencia, negación, sobreprotección... O ganas de ayudar.


Pero incluso las ganas de ayudar pueden tomar diferentes formas. Fijémonos en el señor Méndez: ¿qué le suscita Will nada más verle? ¿Cuál es el paso previo para que decida ayudarle? La compasión. Compasión es una palabra muy maltrecha. Se la ha salpicado artificialmente de unas connotaciones que originalmente no tenía.  Compasión viene del latín cumpassio, que significaría literalmente sufrir juntos. Primera gran lección del señor Méndez: para poder ayudar a alguien es necesario ser capaz de conectar con el sufrimiento de la otra persona. Sólo así el impulso de ayudar será auténtico y suficientemente potente como para que merezca la pena todo el esfuerzo que supone ayudar a alguien en una situación como la de Will. Conectar con ese sufrimiento es entender cómo se siente la otra persona, lo cual a los humanos nos es posible porque estamos dotados de una capacidad compleja que se llama empatía. No todo el mundo (ni siquiera todo el mundo que se dedica a ayudar a otros) la posee en el mismo grado. Por suerte, la empatía puede desarrollarse a través del conocimiento del mundo interior de uno mismo.  O sea, que el señor Méndez es capaz de entender el sufrimiento de Will y siente deseos de ayudarle. Ahora bien, ¿cómo es su estilo de ayuda? Eso es lo que nos muestra todo el cortometraje: cómo le gusta al señor Méndez ayudar.

El estilo de ayuda del que ayuda viene muy marcado por cómo es el propio "ayudador", por sus creencias, principios, valores... por su filosofía de la vida. Por lo que vemos en el cortometraje el señor Méndez cree en las capacidades de las personas. No sólo cree en ellas, sino que las ve. Donde todos ven "una perversión de la naturaleza", el señor Méndez ve más allá, ve algo tan valioso que no puede más que acercarse y con una expresión de emoción decirle a Will mirándole a los ojos: "eres magnífico", con la misma expresión en el rostro que alguien que sube a la cima de la montaña y se desborda al ver tanta belleza. Segunda lección del señor Méndez: cada ser humano encierra un tesoro, todos y cada uno de ellos, independientemente de lo que hayan hecho o sido hasta ahora. Para poder ayudar a quien ayudamos hay que creer en la perla que se esconde dentro de la concha arrugada de la ostra. Aún así, Will no responde de un modo bucólico a este acercamiento. Todo lo contrario: le escupe lleno de rabia. Sin embargo, el señor Méndez tiene la suficiente seguridad en sí mismo e intuye lo suficientemente bien la mella que años de sufrimiento pueden haber hecho en Will como para no tomarse este ataque de forma personal; como para entender que esta reacción no es más que el disparo de la artillería desde una muralla levantada hace tiempo para defenderse ante los otros, porque desde el dolor todos parecen enemigos; como para limpiarse la cara con una sonrisa en los labios y desearle de corazón una buena tarde; como para recibirle con los brazos abiertos cuando Will decide colarse en su camioneta y no reprocharle absolutamente nada. Tercera lección del señor Méndez: para ayudar a otros uno tiene que tener la autoestima lo suficientemente fuerte como para no tomarse la posible hostilidad del que sufre como un ataque personal. 

Pero Will no es el único al que pretende ayudar el señor Méndez: ha habido más antes que él. Y viven todos juntos. ¿Dónde viven? No parece que tengan grandes comodidades. Es más bien una vida austera y nómada, con todo lo que de incomodidad conlleva eso. Sin embargo, allá donde van, les vemos bailando, bromeando, cocinando juntos. Tras la carpa del circo, en medio de la nada, el señor Méndez promueve un ambiente de hogar. ¿Qué es el hogar? Es mucho más que una casa. Un hogar es calidez y seguridad, un lugar en el que sentirse cómodo, en el que ser lo que se es sin necesidad de dar imagen. Cuarta lección del señor Méndez: la ayuda (la que de verdad ayuda) sólo es posible en un ambiente de seguridad y calidez. Y es el que ayuda el responsable, con sus actitudes, de crear este clima.

El señor Méndez, además, tiene la capacidad de hacer que las personas se conozcan a sí mismas de un modo más profundo. No sólo es capaz de creer en las potencialidades de aquellos por los que ya nadie apuesta, sino que, de esa forma, consigue que las propias personas vean más allá de sus aparentes limitaciones, y les da los medios para crecer y desarrollarse. Donde otros ven todo aquello para lo que alguien no sirve, a él se le aparecen subrayadas en fosforito todas las cosas para las que la persona tiene una especial cualidad.  Y al verlas no puede más que pronunciar con admiración "¡son increíbles!"  Quinta lección del señor Méndez: las personas se comportan según lo que esperas de ellas. Si no esperas nada, no harán nada. Si esperas algo (creyendo auténticamente en ello), pondrán en juego su capacidad de superación para conseguirlo. Esto no es más que el conocido (quizás no lo suficiente) efecto pygmalión. El señor Méndez es un acérrimo "pygmalionista". Sabe que hay mucho aparente anciano que esconde un ágil trapecista, y sabe hacérselo creer al propio anciano que se había condenado a mendigar para sobrevivir, o al hombre malformado que había decidido vivir de ser una ganga para la mofa o el asco de otros.

Aún sabe más cosas el señor Méndez (que resulta ser un pozo de sabiduría en lo que a relación de ayuda se refiere): sabe que el proceso de cada persona es personal e intransferible. Sabe que él solamente puede crear un determinado clima y creer en cada ser humano. La tentación es guiar cada paso, proteger de cada tropiezo, hacerse cargo de cada contratiempo, evitar cualquier sufrimiento. Sin embargo, él sabe que el mejor camino para llegar a un sitio no tiene por qué ser necesariamente el más corto, sabe que los imprevistos de la travesía  ayudan a crecer al viajero, confía en la capacidad de cada persona para encontrar su propia ruta, y no intenta ahorrar esfuerzos ni disgustos al que se ha propuesto la ardua tarea de crecer personalmente. Eso sí, está al quite por si alguien cae al río. Sexta lección del señor Méndez: para ayudar hay que dejar explorar y caminar, sin evitar la adversidad, aunque estando ahí para amortiguar la caída. Si no le has dicho a alguien por dónde tiene que ir es más difícil caer en el repugnante "te lo dije". Es más fácil tenderle la mano, y seguir dispuesto a acompañar en el camino.

Y por último, al señor Méndez se le llenan los ojos de lágrimas al ver a Will, el hombre al que se supone que el mismísimo Dios le había dado la espalda, emerger orgulloso de un balde de agua ante los ojos admirados de miles de espectadores. Entiende lo que significa para Will y no puede más que ser feliz con él. Comparte la lucha y el triunfo, como un espectador privilegiado. Observa desde lejos la escena de un Will sonriente hablando de su azaña y regalando esperanza a otros, y se aleja bailando y dando saltitos de alegría. Séptima e importatísima lección del señor Méndez: para ayudar a otros hay que ser feliz ayudando. No vale el deber moral o la obligación laboral: o se es feliz, o no se ayuda.

La historia del señor Méndez es la de alguien que decide hacer de la relación de ayuda su vida. Cuántos otros hemos optado por hacer de nuestra vida algo parecido: madres, padres, maestros, terapeutas, sanitarios, educadores... Y tú, ayudador, ¿apruebas con nota las siete lecciones del señor Méndez?



lunes, 8 de diciembre de 2014

Así empiezan los sueños...

¿Cómo empiezan los sueños? Durmiendo, me contestaréis... Sí, durmiendo, pero el material del que están hechos los sueños, ¿cuál es? No es mi intención dar una clase teórica sobre de dónde vienen los sueños (tiempo habrá para los post técnicos), sino que en este primer post me entrego más al relato de la experiencia personal que me hace estar hoy aquí, escribiendo estas líneas. Y desde mi experiencia personal me sumo a los que piensan que la materia prima de los sueños no son más que las experiencias vividas cuando estamos despiertos; y así, al despertarnos por la mañana descubrimos que en lo que hemos estado soñando aparecen cosas, personas, preocupaciones y lugares que nos resultan familiares o conocemos perfectamente, y a los que nuestro cerebro les ha dado una vuelta y los ha cubierto con ese particular baño onírico que sólo su creatividad puede otorgarles.

Y creo que este sueño que acaba de arrancar, el Proyecto Ágape, tiene mucho en común con esos otros sueños, porque nace, sin duda, de todo lo que he vivido antes de empezar a soñar.

"¿Pero de qué va este sueño?", me preguntaréis con cara de extrañeza. "Sabíamos que algo tramabas, pero ¿qué es exactamente?" Pues ahora que llevo ya un buen rato soñando, puedo empezar a contaros lo que veo en mi sueño:

Veo Ágape como un espacio. Un espacio tranquilo y seguro, al que se acerca mucha gente. Se acerca gente muy distinta, y toda tiene cabida: algunos son altos, otros bajos; otros ricos, otros económicamente normalitos y otros pobres; unos tienen familias maravillosas, otros están solos; algunos son jóvenes, otros ya cuentan canas, algunos incluso son adolescentes y, aunque aún no lo veo claro en el sueño, es posible que en las próximas noches vaya apareciendo algún que otro niño. Veo también profesores, médicos, enfermer@s, monitores de tiempo libre, trabajadores sociales. Veo otra gente que está en paro, o que nunca pudo estudiar. Todos ellos son muy diferentes, y se acercan a Ágape con expectativas diferentes, aunque tienen algo en común: quieren crecer como personas. Y en ese espacio tranquilo, de colores blancos y azules claros, suceden cosas cuando la gente se acerca:  

Algunos entran a una sala cálida y acogedora, donde tiene lugar un maravilloso milagro: son escuchados. Allí encuentran un espacio de seguridad donde pueden explorar con calma  todo lo que ocurre dentro de ellos, con la certeza absoluta de que cualquier cosa que digan será aceptada. Encontrarán a otro yo con rostro amable y mirada comprensiva dispuesto a ser no guía, sino compañero de camino que permita adentrarse de forma segura en el Bosque de Sí Mismo. Y una vez allí, recorrer los caminos y resolver los asuntos pendientes para superar las crisis, reconciliarse con uno mismo, dejarse ser, ser libre.

Otros de los que llegan hasta ese espacio, lo hacen planteándose un cambio en sus vidas, pero no son capaces de iniciarlo. Saben que esto o aquello que hacen perjudica su salud (física o mental), pero (¡oh, paradoja!) por más que lo saben no son capaces de parar de hacerlo. Fumar, beber o usar otras drogas, comer sin control, mantenerse dentro de una relación destructiva... En mi sueño, llegan hasta Ágape confundidos y con sensación de vivir atrapados; y cuando salen se sienten  capaces  de caminar sin  ataduras, han luchado en el combate y han vencido. Y el premio es su libertad.

Otros de los que se acercan a Ágape son personas que descubrieron hace tiempo que el sentido de su vida es ayudar a otros a través de su profesión, y son conscientes de la enorme responsabilidad que eso supone. Son maestros, profesores, educadores, médicos, enfermer@s, trabajadores sociales, monitores, integradores, auxiliares de enfermería... Son incluso padres y madres, que aunque no son profesionales, están empleados en ayudar a crecer a otros las veinticuatro horas del día. Y todos ellos llegan hasta ese espacio que es Ágape en busca de ayuda para desempeñar su labor de la mejor manera posible, para entrenarse en poner lo mejor de sus cualidades humanas al servicio de las personas a las que atienden o educan. Y tras pasar por Ágape, sus manos son más delicadas, sus palabras más acertadas, sus oídos están más abiertos, son más capaces de ponerse en el lugar del otro y se conocen y aceptan más a sí mismos, lo cual les hace más capaces de aceptar a aquellos a los que ayudan sin reservas. 

Y si sigo soñando, veo que Ágape no conoce fronteras, veo que es un espacio que está cerca, en mi barrio, pero que también se expande hasta hogares y personas distantes e incluso países lejanos gracias a esa magia que son las nuevas tecnologías, que nos globalizan el mundo y no sólo para mal. 

Éste es mi sueño, que arrancó hace ya casi dos meses. Éste que os he descrito es mi sueño, con esa carga de magia que el cerebro que sueña pone en él. Al despertarnos, tenemos la costumbre de interpretar los sueños, hacerlos más comprensibles para nuestra "realidad real". Si así hubiera que hacer con este sueño que os cuento, os diría que sueño con un espacio en el que dar rienda suelta a lo que de un tiempo a esta parte he descubierto que es mi vocación: acompañar a personas en sus procesos vitales. Es por ello que empecé hace dos años la especialización como psicoterapeuta de orientación centrada en la persona. Y Ágape viene a ser el canal por el que quiero intentar hacer tangibles y útiles para otros algunas cualidades y habilidades que he descubierto que con los años he ido desarrollando, y que me esfuerzo cada día por mejorar. Ese canal que es Ágape empezará con una página de Facebook y este blog en el que, tras éste de presentación, subiré otros post que serán fundamentalmente de dos tipos: sobre crecimiento personal, para el público en general; y sobre relación de ayuda, para madres, padres, educadores, sanitarios, y otras personas que trabajan de forma voluntaria o remunerada en contacto con otros en los que dejarán huella, para bien o para mal... y que esperemos que este blog contribuya a que sea para bien.

Pero en breve (si todo va como lo sueño), quizás para el final del verano de 2015, será también una página web (que ya está en elaboración), una consulta de counseling y psicoterapia en Madrid, un equipo de formación sobre relación de ayuda, un servicio de psicoterapia on-line... y todo lo que las noches venideras me permitan soñar en clave de ayudar a crecer y ayudar a ayudar. 

Decía que la materia prima de los sueños son las experiencias que vivimos despiertos. En el caso de Ágape, así es: mis años de trabajo como médico de familia; mi experiencia en la educación no formal como monitora de niños y adolescentes en distintas situaciones sociales; la vivencia del trabajo de cooperación al desarrollo en Paraguay y Guinea Ecuatorial; mi participación en diferentes asociaciones y entidades de acción social; y sobre todo mi trabajo durante los casi tres últimos años en un centro de tratamiento de adicciones de la red del Ayuntamiento de Madrid, en el que he podido comprobar de primera mano la importancia de la relación de ayuda, y cómo si ésta reúne ciertas condiciones puede ser el mejor trampolín para que la persona dé un salto y cambie todo lo que ella quiera de su vida. Ésta es la materia prima de mis sueños, junto con el que para mí es el ingrediente más poderoso en la vida: la ilusión.

Desde hoy serán  post en un blog sobre crecimiento personal y relación de ayuda. Lo que será en el futuro sólo se puede saber si nos aventuramos a seguir soñando despiertos.

Bienvenid@s a Ágape. Poneos cómod@s, porque éste también quiere ser vuestro espacio.