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martes, 14 de febrero de 2017

Silencio, se sueña

Cuando pensamos en los sueños y en lo que pueden decirnos acerca de nosotros mismos es inevitable, gracias a la poderosa educación informal que ejerce sobre nosotros el cine, que nos venga a la mente un señor o señora tumbado en diván que relata lo que ha soñado, y otro señor muy serio que interpreta lo que, sin lugar a dudas, el sueño quiere decir. Seguro que muchos también hemos curioseado alguna vez alguno de esos libros de divulgación de puesto callejero de segunda mano en los que, como si de un diccionario se tratara, te explican qué significa soñar con que se te caigan los dientes, estar mudo o poder volar. No nos lo acabamos de creer, pero lo curioseamos por si acaso, porque de alguna forma nos atrae resolver el enigma que encierra algo tan envuelto en misterio como es el contenido de los sueños. Lo onírico atrae; por su extrañeza, porque es algo que escapa a nuestro control y porque de algún modo intuimos que, siendo extraños por naturaleza, están empapados de cosas nuestras, algo tienen que ver con nosotros.


Un alternativa  a que un libro o un señor nos digan por qué soñamos los que soñamos es que sea el propio soñador quien descifre lo que el sueño le dice sobre sí mismo: ésta es, precisamente, la esencia del trabajo que la Gestalt hace con los sueños. Desde la perspectiva gestáltica, todos los elementos que aparecen en un sueño son partes de la persona que está soñando. Así, es como si cada noche la persona que sueña produjera una película para ser disfrutada (o sufrida, si es una pesadilla) en pase privado por el propio soñador. Y ese soñador, además de productor, es director, actor camaleónico capaz de representar todos los papeles, atrezzo, música, iluminación... Todo, absolutamente todo lo que aparece en el sueño son "partes" del soñador. Es por ello que nadie mejor que el artífice de la película para llegar a entender en toda su plenitud qué pinta cada uno de esos elementos en ella. El soñador es el único capacitado para poner el sello "certified" a las afirmaciones sobre lo que un sueño quiere o no quiere decir. Muy en línea con todo lo que huele a terapia humanista, la persona es la que más sabe sobre sí misma.


Entonces, ¿de qué manera nos hablan nuestros sueños sobre nosotros mismos? La verdad es que es un material que da mucho, pero que mucho juego en la exploración personal. Un solo sueño (o una secuencia corta de un sueño) suele contener varios elementos que serían como puertas para acceder a aspectos profundos de uno mismo, incluso aunque esos elementos con frecuencia puedan resultarnos extraños o ajenos. Puede que sueñes que pierdes en una carrera de caballos para la que llevabas mucho tiempo entrenando, cuando nunca en tu vida te has subido a un caballo. La carrera, los caballos, incluso la pista (que a lo mejor era resbaladiza porque hacía mal tiempo, por ejemplo) son partes tuyas que se ponen en juego para producir esta película que va sobre ti mismo, sobre tu vida. Quizás la sensación que te quedaba en el sueño al perder la carrera es una sensación que te resulta familiar. Quizás es la misma sensación de fracaso que tuviste cuando, en la vida real, suspendiste aquella oposición porque te preguntaron justo ese tema "resbaladizo" que nunca conseguías retener. Quizás en este momento de tu vida tienes la misma sensación de fracaso injusto tras un gran esfuerzo en otra circunstancia completamente diferente. Voila! Ahí puede haber un insight de los buenos, de los que te llevan a aprehender (atrapar) algo sobre ti mismo, a darte cuenta. Y aquello de lo que uno se da cuenta (se hace consciente) no vamos a decir que se solucione instantáneamente, pero de alguna manera pasa a estar integrado, y pierde potestad para manejar nuestra vida a su antojo (que es el pasatiempo favorito de las cosas de las que no somos conscientes).

                             

Pero, ¿por qué tenemos esa manía retorcida de contarnos a nosotros mismos las cosas a través de sueños más o menos bizarros si son partes de nosotros mismos? La clave está en que las cosas que nos contamos a través de sueños son cosas que nuestra mente considera demasiado peligrosas o amenazantes (o vergonzosas, o dolorosas, o...) para ponernos delante de ellas directamente. Al mismo tiempo, la mente necesita gestionar todas esas cosas que nos revolotean por dentro; así que decide "disfrazarlas" de tal modo que puede darle salida a un plato que, servido en el lenguaje del común de los despiertos, seríamos incapaces de digerir. La mente necesita llamar nuestra atención sobre lo que anda descolocado, pero es lo suficientemente sabia como para no arrojarnos nuestra verdad como quien manda a un elefante a una cacharrería. Por eso puede ser un recurso interesante en algunos casos bucear en los sueños de la mano de un terapeuta. Sería algo así como bucear con alguien que nos da seguridad por si aparecen monstruos marinos, y que además tiene una linterna potente con la que puede sugerirnos qué corrientes seguir en la exploración y cuáles quizás nos lleven a un buen arrecife, así como ayudarnos a sacar nuestras mejores capacidades como buceadores. Los sueños tienen, además, la ventaja de ser algo que se escapa a nuestro control, por lo que es fácil que en un sueño salgan nudos existenciales que la persona insconscientemente evita enfrentar cuando está despierta. Para un proceso terapéutico (o de crecimiento personal) esto es bocato di cardinale.

Los sueños son una llave más para abrir puertas que nos lleven a nuestro interior, una herramienta de las decenas de ellas disponibles para conocernos mejor. Son una producción constante, noche a noche, de información simbólica sobre lo que se mueve en nuestras entrañas en este preciso momento existencial de nuestras vidas. Cada noche, una oportunidad. Cada noche, claqueta en mano, te susurras al oído: "Silencio, se sueña".

viernes, 1 de mayo de 2015

Ali-Oli con mucho cuerpo

En este camino infinito de la formación en psicoterapia, mi paisaje básico humanista se tiñe ahora con algunos destellos de Bioenergética. O, dicho de otra forma, en mi "menú degustación" dentro del inmenso restaurante de las terapias de corte humanista, toca ahora probar el plato bioenergético. Y, como en todo menú degustación, hay platos que te gustan más y otros que te gustan menos. En este caso, no me veo yo volviendo al restaurante a pedir una "bionergética muy hecha" en el futuro, pero sí me veo aderezando algún que otro plato de mi despensa con una rica "salsita bionergética" en algún que otro momento. 

Y es que, aunque no comparto  muchas de las explicaciones que desde la Bioenergética se dan a la forma en que funciona el organismo (sobre todo, aquello que tiene que ver con "energías" bloqueadas en ciertos lugares) y me pongo de alguna forma en actitud de cautela cuando se me hacen evidentes sus grandes influencias psicoanalíticas, he de reconocer que muchas de las cosas que la Bioenergética "deduce" desde sus postulados resultan razonables y que sus ejercicios parecen provocar en las personas aquello que buscan provocar. Vaya, que la cosa de algún modo funciona; y que el camino del hecho observable a la teoría no lo comparto mucho, pero si dejamos las explicaciones a un lado me parece una técnica que puede resultar útil en muchos casos.

Supongo que, si habéis llegado hasta aquí, como yo hace unos meses os estaréis preguntando de qué va eso de la Bioenergética. Desde mi modestísimo saber de simple "degustadora" trataré de explicar a qué me sabe a mí este plato, por si alguien quiere buscar por ahí una ración un poco más grande:

Para la Bioenergética, nuestras viviencias profundas se plasman en nuestro cuerpo; sobre todo aquellas que tienen que ver con nuestra niñez y adolescencia (aquí podemos empezar a vislumbrar al amigo Freud). Así, dependiendo de cómo hayamos vivido esos períodos clave de nuestra vida, nuestra mente y con ella nuestro cuerpo (que se conciben como una unidad inseparable) habrán tenido que adaptarse a las circunstancias más o menos hostiles que a la persona le haya tocado vivir. Si me seguís en el razonamiento, podréis llegar a la conclusión de que la forma física de nuestro cuerpo refleja las defensas emocionales que hemos tenido que desarrollar para crecer en ese ambiente más o menos hostil. Y ojo, que aquí no se salva nadie: según la teoría, todos en mayor o menor medida hemos tenido que hacer estos esfuerzos de adaptación, por lo que todos tenemos algunas de estas "huellas" corporales. 

Pero, ¿a qué circunstancias hostiles nos referimos? ¿A qué es a lo que intenta adaptarse la unidad mente-cuerpo? Pues, por variados que sean los casos concretos, en definitiva el ser humano lo que busca y necesita es amor.


                            


Y, para la Bioenergética, si al niño/a le falta el amor en algún momento de su desarrollo, deberá hacer esfuerzos ingentes para adaptarse a esa situación y sobrevivir, lo cual quedará reflejado en dos aspectos: su carácter y su cuerpo. Por poner un ejemplo visual, un niño que ha sufrido algún tipo de abuso o maltrato puede desarrollar un carácter que le permita creer que él puede también controlar o dominar; y resulta aún más gráfico comprobar que su pecho puede quedar también levantado de forma permanente, como para dejar bien claro quién tiene aquí el poder, o la capacidad de seducción. "Aquí estoy yo: obedéceme, sígueme, deséame".





Este caso parece muy dramático, pero también podríamos ir más a lo cotidiano y hablar de cómo una "barriga sobrecrecida" nos puede servir de separación con el mundo (prueba a dar un abrazo con el doble de barriga), o de otras muchas hipótesis de trabajo...

Así, diferentes causas dan lugar a diferentes "defensas", que se reflejan en diferentes tipos de carácter y diferentes conformaciones corporales. Esas defensas, que fueron positivas para la supervivencia en un determinado momento, se convierten en un patrón caracterial y corporal que ya no tiene funcionalidad en la actualidad, y pueden impedir o dificultar el crecimiento y desarrollo personal.

¿Y en qué se basa, entonces, el trabajo terapeútico en Bioenergética? Pues en la premisa de que, por un lado, el cuerpo habla al terapeuta sobre las posibles "heridas" emocionales de la persona, lo cual le permite formular hipótesis de trabajo (digo "hipótesis" porque será la persona la que tendrá que confirmar si lo que el terapeuta propone como tal le cuadra o no le cuadra, y es él o ella, el paciente, quien tiene la última palabra); y, como segunda premisa, en el hecho de que a través del trabajo con el cuerpo se pueden trabajar los problemas personales que subyacen. Como podréis imaginar, para diferentes problemáticas hay diferentes ejercicios específicos. 

Pero no son sólo los ejercicios los que sanan a la persona: la propia relación con el terapeuta es también un elemento clave en esta terapia, ya que ésta brinda la oportunidad de revertir esas faltas de afecto que la persona experimentó en un momento dado.

Un mundo curioso éste de la Bioenergética, que trabaja sobre ese concepto que aún se nos resiste en occidente de la unidad cuerpo-mente. Curioso también "que te lean el cuerpo", actividad que hemos hecho en la formación, y en la que a una de repente le dicen muchas cosas sobre sí misma simplemente mirándole el cuerpo en bikini... cosas que coinciden con la realidad (para mentes racionales, como la mía, puntualizar que no pretende ser magia ni esoterismo, sino pura observación estadística de años y años sobre cómo distintas características de carácter se asocian con patrones de conformación corporal). Y también curioso experimentar los ejercicios bionenergéticos en las propias carnes (y en las de los compañeros de clase) y observar que, como poco, nos remueven y nos revelan cosas sobre nosotros mismos y nos invitan a reflexionar sobre aspectos profundos de nuestra vida pasada y presente con los que nos conectan. Porque lo que desde luego hace la Bioenergética es ponernos en contacto con nuestra experiencia profunda. Para mí, esa es la base de cualquier terapia de crecimiento personal: que nos ponga en contacto con lo que se nos mueve por dentro, que nos ayude a darnos cuenta de lo que nos sucede. Una vez en ese terreno de la experiencia, podemos empezar a trabajar para crecer, desde lo que de verdad nos pasa, desde lo que realmente vivimos "en las tripas" y desde lo que, desde la consciencia, queremos construir.

Si os ha picado la curiosidad, y os preguntáis qué tipo bionergético (de carácter y corporal) seréis; o si os gustaría experimentar algunos de los ejercicios de Bioenergética, no os perdáis los próximos post. Os invito a meter vuestro pan en esta salsa bioenergética que ha caído en mi plato, en este ali-oli de sabor intenso y con mucho cuerpo.

domingo, 22 de marzo de 2015

No sin mi puenting


Mientras veía este vídeo por primera vez, me sorprendí a mí misma con el corazón acelerado y una sonrisa de oreja a oreja en la cara:





Aún me sigue pasando cada vez que lo veo. Y no es sólo la música (que a mí personalmente me da ganas de empezar a dar brincos por la habitación) o la letra (que tiene grandes frases motivadoras), sino que creo que es la combinación de todo eso con las imágenes. Las imágenes nos enseñan una infinita sucesión de momentos en los que la persona está teniendo experiencias intensas. Y muchas de ellas en contacto con la Naturaleza. Creo que lo que me cautiva de este vídeo es que apela a la sensación de estar intensamente vivo.
Con frecuencia identifico las fases intensas de mi vida con la sensación del viento pegándome fuerte en la cara. Parece que el artista y yo coincidimos en esto, porque todas estas experiencias "al límite" parecen ser su vehículo visual para transmitir el mensaje central de su canción: "vive una vida que siempre recordarás"; vive intensamente, al fin y al cabo.

Pero, ¿qué es vivir intensamente? ¿va esto de tirarse desde un acantilado, de hacer surf o de rodar por la nieve colina abajo? No parece que vaya de eso exactamente. Sin embargo, quizás sí vaya de llevar a la vida cotidiana la sensación que uno tiene cuando hace cosas como éstas: la de estar plenamente presente en lo que está sucediendo en este momento y vivirlo en toda su dimensión y plenitud. En el momento en el que alguien salta y hace puenting es difícil que esté pensando en muchas más cosas que en lo que está sucediendo exactamente en ese momento, está en pleno contacto con la experiencia. No hace falta tirarse por un puente: se puede vivir intensamente la caricia más sutil, o el logro (o fracaso) cotidiano.

Decía Fritz Perls (el padre de la Gestalt) que estar presente ahora consiste en unir nuestra atención y nuestra conciencia; y, curiosamente, la meditación tipo mindfullness (que traducido significa conciencia plena) consiste en estar presente en el aquí y el ahora. Curiosamente también, practicar este tipo de meditación ya ha demostrado científicamente tener beneficios sobre la salud física y mental de las personas.





Vivir intensamente tiene mucho que ver con vivir de forma plenamente consciente. ¿Plenamente consciente de qué? No tanto de lo que sucede fuera sino de cómo nos resuena dentro lo que sucede. Vivimos en una era muy racional, fruto del boom de lo científico-técnico (lo cual nos ha traído grandes beneficios). Sin embargo, pese a toda la tecnología que tenemos a nuestro alcance, nos encontramos, desde mi punto de vista, en medio de una importante epidemia de analfabetismo emocional. La educación se ha volcado (y sigue volcándose) más en lo cognitivo que en lo emocional. Suena elegante decir que tienes las ideas claras; suena cursi decir que las emociones son una guía básica para tu vida. Sin embargo, las emociones son el mapa con el que contamos para saber cómo está resonando en nuestro interior lo que sucede, son una llave para acceder a nuestra experiencia, para saber qué necesitamos y queremos.

Volviendo al vídeo, creo que hace sonreír y sentirse vivo porque, más allá de las experiencias al límite, nos pone en contacto con otras cosas que tocan nuestras emociones: un padre fallecido, la familia unida, la sensación de libertad, la belleza de un paisaje, los recuerdos, las risas tras una broma, permitirse saltar en la cama, chocarla con un amigo, pasar tiempo con la gente a la que quieres, ver las viejas fotos de familia, releer cartas llenas de cariño, tirar lo que nos aprisiona por la ventana... "Estas son las noches que nunca mueren". Estas son las cosas que realmente nos importan en la vida.

Sentirse vivo es mantenerse conectado a la experiencia, a lo que sentimos en el aquí y el ahora, a lo que nos resuena por dentro por lo que nos pasa en la vida. Es fácil en medio del ruido, la prisa y la superficialidad que impone la sociedad de consumo que perdamos el contacto con nuestra experiencia. Es ventajoso para la propia sociedad de consumo que nos despeguemos de nuestra experiencia, porque de esa forma no seremos conscientes de lo que realmente queremos y necesitamos, nos confundiremos y pensaremos que es algo que podemos "consumir". Hace falta silencio interior para hacer hueco a la escucha de la experiencia; de la experiencia propia, única, irrepetible e irrefutable por ninguna demostración, argumentación o teorema. No es la poesía la que nos cambia la vida, sino el amor de quien la escribió para nosotros. Aún más, es el ser conscientes de que amamos o no amamos a esa persona, de que la queremos cerca o lejos de nuestra vida. 

En fin, cada vez que veo este vídeo lo que a mí me resuena por dentro es la inmensa alegría de estar viva. Ni un día sin la plena consciencia de esa sensación de que el sol y el viento nos curten el alma, nos agitan la vida.

sábado, 24 de enero de 2015

Aristóteles nos la lió...

Aristóteles, una de las raíces indiscutibles del actual pensamiento occidental, nos dejó como herencia, entre otras muchas cosas, la concepción de que el cuerpo y el alma estaban separados. Él mismo ya bebía del pensamiento de Platón, que afirmaba que "el cuerpo es la cárcel del alma". Y así, siglos y siglos después, nuestra cultura está impregnada de estas ideas, reforzadas por un pensamiento "oficial" cristiano que durante muchos siglos se ha esforzado en difundir los riesgos inherentes a prestar demasiada atención a las necesidades del cuerpo si se quería "salvar el alma"; y al señor Descartes, que también fue hijo de este tipo de concepciones dualistas, y hasta el día de hoy nos llega su influencia. 

La Medicina, como tantas otras disciplinas, ha bebido de las fuentes clásicas y se adhiere al método científico planteado por Descartes, por lo que resulta lógico entender que se haya visto salpicada de esta concepción dualista. Así, la medicina actual (aunque no faltan profesionales que cuestionen este modelo aún imperante) sigue muy empapada de esa separación entre cuerpo y mente. 

En los años 70  surgió el modelo biopsicosocial, de la mano de Engel, un psiquiatra norteamericano. Este modelo explica la salud y la enfermedad teniendo en cuenta que, además de los factores biológicos, los factores psicológicos y los sociales influyen en ellas. La OMS refleja su intención de apoyarse en este nuevo modelo en su propia definición de salud. Sin embargo, el modelo no ha terminado de calar, y nos seguimos encontrando una gran masa de profesionales de la salud (sobre todo médicos) que entienden la enfermedad exclusivamente como un fallo en los procesos biológicos. 

Todo lo que ocurre en la mente tiene un reflejo biológico, claro que sí (hormonas, neurotransmisores...), pero no es ese el caso. El problema viene cuando en el diagnóstico y tratamiento de los problemas de salud se obvia lo que tiene que ver con lo psicológico y lo social. Así, si una mujer acude a la consulta con dolores de cabeza constantes e insomnio y su médico se limita a darle ibuprofeno y pastillas para dormir, el tratamiento, desde mi punto de vista, es de mala calidad. Puede que no haya una causa más allá; pero también puede que, quizás, si preguntamos a esa mujer, nos cuente que el dolor comenzó justo cuando empezó a tener algunos problemas con su pareja. Y sí, el dolor se produce porque hay una serie de sustancias químicas que estimulan los receptores del dolor... pero obviar cuál ha sido el desencadenante de este dolor no ayuda a enfocar el problema de un modo que permita solucionarlo desde su raíz. Este vídeo de Disney nos lo explica de un modo bastante ameno:



Después de trabajar una temporadita de casi tres años en un centro de tratamiento de adicciones, ese problema de salud en el que es tan obvio que la salud (o la falta de ella) afecta a todas las esferas de la vida de una persona, no me cabe ninguna duda de que el único modo de ayudar a las personas a estar más sanas es desde este enfoque integral; en el que hay que entender la biología de lo que está pasando (la dopamina está funcionando anómalamente), pero es un error de concepto dejar de lado los aspectos psicológicos que llevan a una persona a recurrir a una droga para calmar el sufrimiento al que no puede hacer frente, o cómo esto afecta a su pareja o familia. O cómo, por ejemplo, problemas con la pareja o familia pudieron ser desencadenantes para empezar a consumir alcohol u otras drogas. 

Afortunadamente, se van abriendo caminos en este sentido. Estos días, por ejemplo, he estado leyendo la interesantísima web de Odile Fernández, médico de familia que cuenta cómo consiguió vencer un cáncer de ovario con metástasis gracias a la oncología integrativa, esto es, yendo más allá de la pura quimioterapia y teniendo en cuenta otros factores implicados en el proceso de salud/enfermedad. Os recomiendo su lectura (y sus deliciosas recetas de cocina, ya que la alimentación saludable es uno de los pilares de su propuesta).

La pregunta, entonces, sería: ¿cuidas tu salud en todos sus componentes, físico, psicológico/emocional/espiritual y social? ¿o te limitas a tomarte un ibuprofeno cuando te duele la cabeza? Veintitantos siglos después, ya va siendo hora de ir un pelín más allá de Aristóteles, ¿no os parece?

sábado, 17 de enero de 2015

Libertad para contar estrellas

Decía Freud que “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica [...] esto es anticientífico". Sin desmerecer los grandes aportes de Freud al pensamiento actual en general y a la psicoterapia en particular, demos gracias a los dioses porque, en un arranque de optimismo y positividad, surgió la psicología de corte humanista (y su correlato filosófico), que nos proporcionó un gran alivio al intentar trasmitirnos que se podía creer profundamente en el ser humano, que era un ser dotado de capacidad para decidir y que, encima, su tendencia natural es hacia el crecimiento personal y caminar siempre hacia "algo mejor" (pese a que todos tengamos ahora mismo a alguien o "álguienes" en mente que nos hacen dudar de este aserto). Pues sí, así de universalmente positivos eran estos señores humanistas. Y de esta sencilla base sacan todas sus teorías sobre qué es la salud psicológica y qué es la falta de la misma. 

Lo que no podían imaginarse pensadores y psicólogos como Carl Rogers, es que el grupo de pop rock estadounidense de rabiosa actualidad "One Republic" iba a hacer en 2013 una canción que tenía mucho que ver con sus teorías de la salud y la falta de salud mental (y supongo que igual de poco consciente es el susodicho grupo de esta coincidencia):





Para Carl Rogers, el origen de la patología mental son aquellas cosas que las figuras significativas presentes sobre todo en nuestros años más "mozos" (padres, otros familiares, profesores o educadores y un amplio etcétera) nos transmitieron como necesarias para ser aceptados por ellos. Así, alguien que sintió que para ser aceptado por sus padres debía, por ejemplo, asumir como propia la idea de que "las personas deben aspirar a ir a la universidad", podría desarrollar mecanismos psicológicos para ahogar cualquier otra vocación que no implicase el paso por la universidad; por ejemplo, la de ser mecánico, actor o fotógrafo. Puede que años después nos encontremos a un abogado deprimido o con actitudes agresivas en su puesto de trabajo, que sufre y que ni siquiera sabe por qué está como está. Porque aquellas ideas grabadas a fuego y asumidas como propias, pese a ir contra los aspiraciones verdaderas de la persona, son difíciles de desmontar. 

La persona que empieza a hacer un proceso terapéutico o de crecimiento personal (sola o acompañada, que para salir de estos atolladeros no siempre es necesario un terapeuta), se encuentra diciéndose a sí misma, como en la canción, que últimamente ha estado perdiendo el sueño soñando con las cosas que podría haber sido. Esa persona ha comenzado a "desaprender" todo aquello que absorbió como suyo, aunque iba en contra de sus sentimientos (¡qué seres tan delicados y maleables son los niños!); es una persona que de pronto descubre que se siente tan bien haciendo lo (supuestamente) incorrecto y que se siente tan mal haciendo lo (supuestamente) correcto; que se sorprende y entra en crisis al caer en la cuenta de que todo lo que (supuestamente) me mata me hace sentir vivo y que, pese a que le han enseñado que es bueno contar dólares (o ser heterosexual, o buscar siempre estabilidad en su vida, o vestirse de una determinada manera, o ser una persona religiosa... o atea) , lo que él/ella quiere es contar estrellas. Para llegar a ello hay que contactar  con lo que sentimos realmente (siento el amor y siento que quema), más allá de lo que sutil y bienintencionadamente nos han hecho creer que es correcto sentir. El paso, a veces, es doloroso, porque implica  tomar ese dinero y mirarlo quemarse. No es fácil quemar la herencia recibida y las lecciones que aprendimos de los seres más  queridos e importantes para nosotros.

El día que te encuentres cuestionando tus "cimientos", alégrate, porque estás en el camino del crecimiento. Pero, ¿qué hace falta para llegar a un punto de conocimiento personal como para ser consciente de estas "trampas" emocionales y deshacerlas? O, aún mejor, ¿hay alguna forma de evitar que los niños lleguen a aprender cosas que luego tendrán que "desaprender"? La respuesta, en otro post, que me voy a contar estrellas.

jueves, 8 de enero de 2015

Año nuevo, propósitos viejos

Es época de propósitos. Con las doce uvas, muchos trataron de sellar un pacto consigo mismos y con su particular lista de "este año que viene tendría que..." ¿Los más comunes finales para esta frase? "...dejar de fumar", "...perder peso", "... hacer más ejercicio". Pero hay un largo, personal e ilimitable etcétera. Si con cada docena de uvas realmente estableciéramos un contrato vinculante con nosotros mismos, a estas alturas la media de adultos seríamos cuasi-perfectos. Sin embargo, esto no es así; y eso se debe a que, si revisamos el histórico de propósitos de los últimos diez o veinte años, en muchos casos los propósitos de los diferentes años se repiten más que la cebolla, con la consiguiente frustración para el que se creyó que esta vez se había propuesto cambiar "de verdad de la buena". Y aquí viene la gran pregunta: ¿qué falla entonces? ¿por qué es tan difícil cambiar nuestros hábitos? 

Esta misma pregunta se la hicieron hace ya unos treinta años los señores Prochaska y Diclemente. A lo largo de sus investigaciones se dedicaron a hacer una auténtica disección del proceso del cambio en las personas, lo cual les llevó a desarrollar un modelo que llamaron "modelo transteórico del cambio", y que se ha convertido en una referencia en lo que al cambio de hábitos y estilos de vida se refiere. Comprender este modelo nos ayudará a dar respuesta a nuestra pregunta. 

Según este modelo, todo cambio en nuestras vidas (ya sea cambiar de pareja, de trabajo, de dieta, de coche o de cualquier otra cosa o comportamiento), pasa siempre por las mismas fases. Para entender bien cómo pasamos de unas a otras es necesario comprender que todo hábito, situación o conducta (por  poco sana que ésta sea) tiene una especie de anverso y reverso, una parte positiva y otra negativa, una serie de ventajas y desventajas. Es decir, la persona que fuma, objetivamente está perjudicando su salud, pero no seguiría fumando si no hubiera al menos algo "positivo" para él o ella en la conducta de fumar, ya sea el sabor del cigarrillo, la relajación momentánea que experimenta, la sensación de inclusión en un círculo de fumadores o cualquier otra subjetivamente atrayente. La visión personal que tenemos de estas ventajas e inconvenientes va variando a lo largo de nuestro proceso de cambio, según la fase en la que nos encontremos: 

-Precontemplación, en la que la persona no es consciente de que su situación actual es problemática, ya que sólo es capaz de ver las ventajas de su conducta.
-Contemplación, en la que la persona comienza a intuir que su conducta  actual, además de las ventajas también le trae problemas y, como aturullado por "el angelito" y "el demonio" de los dibujos animados, vive en una lucha interna entre cambiar o no cambiar el hábito o la situación en cuestión. Los psicólogos y psicoterapeutas han decidido llamar ambivalencia a esa "lucha interna". En este vídeo podemos observar a una sufriente víctima de la ambivalencia:






-Determinación, en la que la persona por fin rompe la ambivalencia y decide cambiar.
-Acción, en la que la persona cambia su conducta de forma observable. 
-Mantenimiento, en la que la persona se mantiene en dicho cambio observable (tras seis meses de "acción" se habla de fase de mantenimiento). 
-Y la más temida y rechazada, el "coco" del proceso del cambio: la recaída, que es, dentro de la fase de acción o de mantenimiento, una vuelta a la conducta o hábito previo al cambio. La duración de la recaída es variable, y también varía la fase del cambio a la que se reenganchará la persona. Pese a su mala prensa, la recaída puede ofrecer mucho y muy bueno al proceso de cambio. Ya hablaremos de esto en otro post...

Prochaska y Diclemente ilustraron su teoría con este gráfico:



(Nótese que el proceso no es lineal, sino una rueda. Incluso a veces se representa como una espiral. En sus estudios vieron que los fumadores necesitaron una media de cuatro vueltas a esta rueda para conseguir dejar el hábito de fumar definitivamente)

Y ahora viene lo que, desde mi punto de vista, es el quid de la cuestión: tradicionalmente sólo hemos entendido como cambio la fase de acción, en la que el cambio "se ve". Pero, para llegar a la fase de acción y para mantenerla en el tiempo, es muy importante haber pasado concienzudamente por las fases previas. Igual que parece evidente que para cambiar de trabajo, por ejemplo, tengo que haber tomado la decisión, y para ello tengo que haber hecho una buena reflexión sobre las ventajas de mantenerme en mi trabajo actual o dejarlo y buscar uno nuevo y haber llegado a la conclusión de que "me compensa" el esfuerzo que supone ese cambio (y que supone todo cambio), lo mismo pasa con cualquier otro hábito o costumbre adquirida, ya sea dietética, de estilo de relación o de cualquier otra índole. Si nos lanzamos directamente a la fase de acción sin haber lidiado con la ambivalencia de las fases previas el resultado es el "cateado para septiembre" que acumulamos una y otra vez en muchos de nuestros propósitos (en muchos otros lo hacemos exitosamente sin darnos cuenta, no vamos a decir que nadie consigue nada de lo que se propone...). 

Así que, un poco (o un mucho) de reflexión previa es imprescindible para enfrentar con éxito la ardua tarea que supone cualquier cambio en nuestro estilo de vida. Siguiendo con Prochaska y Diclemente, sus estudios llegaron a la conclusión de que en las primeras fases del cambio (precontemplativa y contemplativa) lo más catalizador del cambio es centrarse en los inconvenientes que me supone la conducta problemática que estoy manteniendo. Para la fase de acción y mantenimiento, sin embargo, es más poderoso como motor para abstenerse de volver al "lado oscuro" concentrarse más en las ventajas que tendrá el cambio sobre mi vida.

En fin, no es imposible cambiar, sino que muchas veces no emprendemos el cambio de la manera más eficiente. Si os pica la curiosidad con todo esto del cambio y leéis en inglés, os recomiendo este libro de los propios Prochaska y Diclemente para los self-changers o personas que quieren lanzarse al "hágalo usted mismo" del cambio. Si aún así no se consigue, hay fantásticos profesionales preparados para ayudar con esto del cambio, ya sea a dejar el tabaco, el alcohol u otras drogas, bajar de peso o dejar una relación tóxica. Eso sí, desconfíe de quien le lanza una dieta y un régimen de ejercicio así sin más y no le ayuda a lidiar con la ambivalencia, porque para toda PS-4 hay una X Box One, e ignorar esto es no conocer al enemigo y precipitarse a un más que anunciado fracaso. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

El Circo de la Mariposa: el Sr. Méndez

La historia del señor Méndez y Will es la historia de una relación de ayuda. Hay alguien en situación de vulnerabilidad y alguien que decide tratar de ayudar a ese alguien; y se produce un contacto, un día a una hora, sin que supieran que iban a encontrarse. La reacción ante una persona como Will puede ser muy diversa: como la que tienen los espectadores del circo: lástima, risa, asco, morbo; como la que tienen los niños que le lanzan tomates: sentirse superior y abusar; u otras que no aparecen en el corto: indiferencia, negación, sobreprotección... O ganas de ayudar.


Pero incluso las ganas de ayudar pueden tomar diferentes formas. Fijémonos en el señor Méndez: ¿qué le suscita Will nada más verle? ¿Cuál es el paso previo para que decida ayudarle? La compasión. Compasión es una palabra muy maltrecha. Se la ha salpicado artificialmente de unas connotaciones que originalmente no tenía.  Compasión viene del latín cumpassio, que significaría literalmente sufrir juntos. Primera gran lección del señor Méndez: para poder ayudar a alguien es necesario ser capaz de conectar con el sufrimiento de la otra persona. Sólo así el impulso de ayudar será auténtico y suficientemente potente como para que merezca la pena todo el esfuerzo que supone ayudar a alguien en una situación como la de Will. Conectar con ese sufrimiento es entender cómo se siente la otra persona, lo cual a los humanos nos es posible porque estamos dotados de una capacidad compleja que se llama empatía. No todo el mundo (ni siquiera todo el mundo que se dedica a ayudar a otros) la posee en el mismo grado. Por suerte, la empatía puede desarrollarse a través del conocimiento del mundo interior de uno mismo.  O sea, que el señor Méndez es capaz de entender el sufrimiento de Will y siente deseos de ayudarle. Ahora bien, ¿cómo es su estilo de ayuda? Eso es lo que nos muestra todo el cortometraje: cómo le gusta al señor Méndez ayudar.

El estilo de ayuda del que ayuda viene muy marcado por cómo es el propio "ayudador", por sus creencias, principios, valores... por su filosofía de la vida. Por lo que vemos en el cortometraje el señor Méndez cree en las capacidades de las personas. No sólo cree en ellas, sino que las ve. Donde todos ven "una perversión de la naturaleza", el señor Méndez ve más allá, ve algo tan valioso que no puede más que acercarse y con una expresión de emoción decirle a Will mirándole a los ojos: "eres magnífico", con la misma expresión en el rostro que alguien que sube a la cima de la montaña y se desborda al ver tanta belleza. Segunda lección del señor Méndez: cada ser humano encierra un tesoro, todos y cada uno de ellos, independientemente de lo que hayan hecho o sido hasta ahora. Para poder ayudar a quien ayudamos hay que creer en la perla que se esconde dentro de la concha arrugada de la ostra. Aún así, Will no responde de un modo bucólico a este acercamiento. Todo lo contrario: le escupe lleno de rabia. Sin embargo, el señor Méndez tiene la suficiente seguridad en sí mismo e intuye lo suficientemente bien la mella que años de sufrimiento pueden haber hecho en Will como para no tomarse este ataque de forma personal; como para entender que esta reacción no es más que el disparo de la artillería desde una muralla levantada hace tiempo para defenderse ante los otros, porque desde el dolor todos parecen enemigos; como para limpiarse la cara con una sonrisa en los labios y desearle de corazón una buena tarde; como para recibirle con los brazos abiertos cuando Will decide colarse en su camioneta y no reprocharle absolutamente nada. Tercera lección del señor Méndez: para ayudar a otros uno tiene que tener la autoestima lo suficientemente fuerte como para no tomarse la posible hostilidad del que sufre como un ataque personal. 

Pero Will no es el único al que pretende ayudar el señor Méndez: ha habido más antes que él. Y viven todos juntos. ¿Dónde viven? No parece que tengan grandes comodidades. Es más bien una vida austera y nómada, con todo lo que de incomodidad conlleva eso. Sin embargo, allá donde van, les vemos bailando, bromeando, cocinando juntos. Tras la carpa del circo, en medio de la nada, el señor Méndez promueve un ambiente de hogar. ¿Qué es el hogar? Es mucho más que una casa. Un hogar es calidez y seguridad, un lugar en el que sentirse cómodo, en el que ser lo que se es sin necesidad de dar imagen. Cuarta lección del señor Méndez: la ayuda (la que de verdad ayuda) sólo es posible en un ambiente de seguridad y calidez. Y es el que ayuda el responsable, con sus actitudes, de crear este clima.

El señor Méndez, además, tiene la capacidad de hacer que las personas se conozcan a sí mismas de un modo más profundo. No sólo es capaz de creer en las potencialidades de aquellos por los que ya nadie apuesta, sino que, de esa forma, consigue que las propias personas vean más allá de sus aparentes limitaciones, y les da los medios para crecer y desarrollarse. Donde otros ven todo aquello para lo que alguien no sirve, a él se le aparecen subrayadas en fosforito todas las cosas para las que la persona tiene una especial cualidad.  Y al verlas no puede más que pronunciar con admiración "¡son increíbles!"  Quinta lección del señor Méndez: las personas se comportan según lo que esperas de ellas. Si no esperas nada, no harán nada. Si esperas algo (creyendo auténticamente en ello), pondrán en juego su capacidad de superación para conseguirlo. Esto no es más que el conocido (quizás no lo suficiente) efecto pygmalión. El señor Méndez es un acérrimo "pygmalionista". Sabe que hay mucho aparente anciano que esconde un ágil trapecista, y sabe hacérselo creer al propio anciano que se había condenado a mendigar para sobrevivir, o al hombre malformado que había decidido vivir de ser una ganga para la mofa o el asco de otros.

Aún sabe más cosas el señor Méndez (que resulta ser un pozo de sabiduría en lo que a relación de ayuda se refiere): sabe que el proceso de cada persona es personal e intransferible. Sabe que él solamente puede crear un determinado clima y creer en cada ser humano. La tentación es guiar cada paso, proteger de cada tropiezo, hacerse cargo de cada contratiempo, evitar cualquier sufrimiento. Sin embargo, él sabe que el mejor camino para llegar a un sitio no tiene por qué ser necesariamente el más corto, sabe que los imprevistos de la travesía  ayudan a crecer al viajero, confía en la capacidad de cada persona para encontrar su propia ruta, y no intenta ahorrar esfuerzos ni disgustos al que se ha propuesto la ardua tarea de crecer personalmente. Eso sí, está al quite por si alguien cae al río. Sexta lección del señor Méndez: para ayudar hay que dejar explorar y caminar, sin evitar la adversidad, aunque estando ahí para amortiguar la caída. Si no le has dicho a alguien por dónde tiene que ir es más difícil caer en el repugnante "te lo dije". Es más fácil tenderle la mano, y seguir dispuesto a acompañar en el camino.

Y por último, al señor Méndez se le llenan los ojos de lágrimas al ver a Will, el hombre al que se supone que el mismísimo Dios le había dado la espalda, emerger orgulloso de un balde de agua ante los ojos admirados de miles de espectadores. Entiende lo que significa para Will y no puede más que ser feliz con él. Comparte la lucha y el triunfo, como un espectador privilegiado. Observa desde lejos la escena de un Will sonriente hablando de su azaña y regalando esperanza a otros, y se aleja bailando y dando saltitos de alegría. Séptima e importatísima lección del señor Méndez: para ayudar a otros hay que ser feliz ayudando. No vale el deber moral o la obligación laboral: o se es feliz, o no se ayuda.

La historia del señor Méndez es la de alguien que decide hacer de la relación de ayuda su vida. Cuántos otros hemos optado por hacer de nuestra vida algo parecido: madres, padres, maestros, terapeutas, sanitarios, educadores... Y tú, ayudador, ¿apruebas con nota las siete lecciones del señor Méndez?



sábado, 13 de diciembre de 2014

Ikea, la Lotería Nacional y la letra pequeña de nuestra(s) crisis

Ya hace 7 años que entramos en "la crisis", ese suceso económico (¿sólo económico?) que no podíamos imaginar hasta qué punto iba a meterse en todos los rincones de nuestra vida pública y, en mayor o menor medida según las casos, también en nuestra vida privada. La crisis será algo que permanezca en nuestras memorias por muchos años incluso después de que se considere oficialmente finalizada, porque de algún modo forma ya parte de nuestra historia, no sólo nacional, sino también privada. Cuando nos pregunten nuestros hijos, nietos o sobrinos les contaremos que esto o aquello sucedió o no sucedió, se pudo hacer o no, se hacía de esta manera o de la otra "porque era la época de la crisis".

La crisis es algo que ha cambiado nuestras vidas, ha dado un frenazo a lo que veníamos haciendo y viviendo dentro de la inercia de "la Historia" y de nuestras historias vitales. Si buscamos el significado etimológico de la palabra crisis, el diccionario médico-biológico, histórico y etimológico de la Universidad de Salamanca nos explica lo siguiente:

crisis[crisis]
f. (Patol. generalMutación considerable que acaece en una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el enfermo.
[kri- κρίσις gr. 'juicio', 'decisión', 'crisis' (sign. 1 'separar') + -si(s)/-s(o)- gr. 'acción']
Leng. base: gr. Antigua. En gr. krísis κρίσις es 'juicio', 'decisión', pero desde Hipócrates, s. V a.C., tiene también el significado aquí recogido, valor con el que pasó a lat. crisis en s. V d.C. (existe un uso esporádico de Séneca en s. I d.C. en el sentido de 'juicio'),
(Fuente

Sé que no descubro nada nuevo si me pongo a reflexionar sobre la idea de que la crisis esconde oportunidad, pero no por ello me parece menos digna de profundizar en ella. Es curioso cómo los medios de comunicación se han preocupado de hacernos asociar "la crisis" con algo tremendamente negativo (y por supuesto que ha traído enormes cantidades de sufrimiento a las vidas de muchas personas), pero creo que sólo indirectamente, sólo "de refilón", se ha abordado la parte positiva que engloba la crisis. Y no sólo "la crisis", sino todas las crisis personales o comunitarias. Si nos fijamos en la definición que tenemos más arriba, encierra  desde mi punto de vista tres conceptos claros: crisis es sinónimo de cambio (mutación); en una enfermedad (¿qué había de enfermo en la situación nacional, mundial o personal que teníamos antes del frenazo en cuestión?); y su desenlace puede ser en dos sentidos: mejorarse o agravarse. Y en lengua griega antigua, el significado era decisión.

Y digo que no descubro nada nuevo porque esto es algo que, de un modo más o menos consciente, creo que ha calado en la sociedad a raíz de esta crisis "económica": la crisis como oportunidad. Otra cosa es que los medios al servicio del sistema establecido se esfuercen en mandarnos el mensaje parcial de que el desenlace correcto consiste en restaurar la situación anterior tal como estaba, obviando que si volvemos a recomponer todos los factores previos, sin hacer ningún cambio, lo más probable es que más pronto o más tarde el resultado vuelva a ser el mismo.

Pero no quiero perderme en más filosofías, sino compartir lo que a mí modo de ver son pruebas de que la sociedad (o al menos una parte importante de ella) está "en otra onda" tras 7 años de crisis. Si vamos con los ojos bien abiertos podemos observar que muchas personas a raíz de la crisis, por obligación en muchos casos o por elección en muchos otros, se han visto abocadas a profundizar en sus vidas y a bucear en valores más profundos que los que la sociedad de consumo propugnaba. Así, la gente se ha visto en la tesitura de salir de su individualismo y compartir más (por ejemplo, el coche para ir a trabajar y ahorrar gasolina), de recurrir a redes informales y autogestionadas para ayudarse mutuamente (a ti que estás en paro te tengo en mente cada vez que alguien de mi círculo me dice que está buscando a alguien para no sé qué trabajo), de alargar el uso de cosas materiales en una bien entendida "política de austeridad" (los zapatos ya no se tiran con tanta alegría, sino que se llevan al zapatero), se recuperan o se desarrollan nuevas habilidades (el bizcocho me sale más barato si lo hacemos en casa)... Por no hablar del empujón de la implicación de la ciudadanía en la vida política (la gente en los bares habla y discute de política, como si de repente ya no nos diera tan igual quién o qué decidan por nosotros).

Cuando comento esta impresión que tengo de que la crisis nos ha hecho salir de la superficialidad y volver a contactar con valores humanos más profundos, mucha gente me lo rebate desde una visión pesimista: "no, eso son cuatro gatos", "la gente en el fondo sigue igual", "la gente hace esas cosas porque no le queda más remedio", "en cuanto todo vuelva a ser igual la gente volverá a lo mismo de siempre". Cuando me dicen esto, no puedo más que sacar de mi trastienda personal las unidades que me quedan de confianza en el ser humano, y de su capacidad de sacar lo mejor de sí mismo cuando se ve en situaciones límite. Y para vender y defender esta idea he encontrado un argumento poderoso: la publicidad. Me explico: creo que la publicidad es un elemento al servicio del sistema de consumo; y creo que para ello se basa en encontrar qué cosas nos resultan importantes y centrales en nuestra vida como medio para ganarse nuestra atención. Así, se ha hablado hasta la saciedad de cómo se ha utilizado la imagen de "mujeres de buen ver" en los anuncios de productos para hombres y viceversa. O cómo se utiliza la imagen de alguien con quien nos queremos identificar para vendernos un producto: veáse la imagen de la madre guapa, joven y equilibrada a la par que vital que tiene un vínculo súper-especial con su hijo sano y precioso, que aparece reflejada en la etiqueta de este envase de toallitas marca Carrefour: 





O sea, que la publicidad refleja de algún modo nuestros anhelos. Y de aquí quiero yo deducir que el cambio que a mi juicio se ha operado en la publicidad refleja un cambio en los deseos y preocupaciones de la sociedad. El propio sistema trata de valerse de este cambio para seguir alimentando su lógica de consumo, pero eso no rebate en modo alguno la idea que intento transmitir: si la publicidad trata de vendernos cosas recurriendo a valores humanos profundos, es que esos valores han pasado a ser parte importante de nuestro imaginario y nuestras aspiraciones. Y para muestra un botón: os dejo aquí cuatro anuncios de los últimos dos años (plena crisis). Entre ellos encontraréis un par de ellos que han sido virales en los Facebook y grupos de Whatsapp de todo bicho viviente en los últimos dos meses:









Si os fijáis, estos anuncios recurren a valores como la solidaridad, el compartir, las buenas relaciones, los lazos entre personas del barrio, el sentido del humor, prestarse apoyo en los momentos de tristeza, pasar tiempo con los niños... ; y a ideas como "los mejores regalos no son materiales", "lo bonito no es ganar mucho dinero, sino hacer felices a los que te rodean", "poder estar con los hijos es más importante que poder comprarles muchas cosas", "lo importante son las cosas sencillas del día a día y no las grandes cosas que se pueden comprar con dinero". ¿Qué hace la industria usando estas ideas? ¿No van contra sus objetivos de vender y hacernos necesitar más y más cosas? Antes de la crisis usaban otros mensajes e ideas. Echemos la vita atrás y veamos los anuncios de las mismas empresas antes de la crisis:








¿Diferentes, verdad? Pues si ha habido este cambio de estrategia, para mí no cabe duda de que se han dado cuenta de que esos otros valores y mensajes empiezan a estar en nosotros (o han tomado más fuerza). Y creo que esto es una espléndida noticia (para nosotr@s, no para la sociedad de consumo, a la que al final puede que el tiro publicitario termine saliéndole por la culata).

En resumen, "la crisis" abre un camino a construir una nueva forma de estar en el mundo para la sociedad. Las crisis traen "letra pequeña", de la que sólo somos conscientes si ponemos atención. Nuestras crisis personales nos ponen en la tesitura de ese "decidir" sobre nuevos caminos posibles una vez que nos damos cuenta de que el que estamos andando ha quedado obsoleto. 

¿Te animas a leer la letra pequeña en tus crisis personales? ¿Cuáles son los mensajes de las campañas de publicidad de tu vida? O dicho de otra forma: ¿cuáles son ahora mismo los valores y mensajes que están tomando fuerza en tu vida?

  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Así empiezan los sueños...

¿Cómo empiezan los sueños? Durmiendo, me contestaréis... Sí, durmiendo, pero el material del que están hechos los sueños, ¿cuál es? No es mi intención dar una clase teórica sobre de dónde vienen los sueños (tiempo habrá para los post técnicos), sino que en este primer post me entrego más al relato de la experiencia personal que me hace estar hoy aquí, escribiendo estas líneas. Y desde mi experiencia personal me sumo a los que piensan que la materia prima de los sueños no son más que las experiencias vividas cuando estamos despiertos; y así, al despertarnos por la mañana descubrimos que en lo que hemos estado soñando aparecen cosas, personas, preocupaciones y lugares que nos resultan familiares o conocemos perfectamente, y a los que nuestro cerebro les ha dado una vuelta y los ha cubierto con ese particular baño onírico que sólo su creatividad puede otorgarles.

Y creo que este sueño que acaba de arrancar, el Proyecto Ágape, tiene mucho en común con esos otros sueños, porque nace, sin duda, de todo lo que he vivido antes de empezar a soñar.

"¿Pero de qué va este sueño?", me preguntaréis con cara de extrañeza. "Sabíamos que algo tramabas, pero ¿qué es exactamente?" Pues ahora que llevo ya un buen rato soñando, puedo empezar a contaros lo que veo en mi sueño:

Veo Ágape como un espacio. Un espacio tranquilo y seguro, al que se acerca mucha gente. Se acerca gente muy distinta, y toda tiene cabida: algunos son altos, otros bajos; otros ricos, otros económicamente normalitos y otros pobres; unos tienen familias maravillosas, otros están solos; algunos son jóvenes, otros ya cuentan canas, algunos incluso son adolescentes y, aunque aún no lo veo claro en el sueño, es posible que en las próximas noches vaya apareciendo algún que otro niño. Veo también profesores, médicos, enfermer@s, monitores de tiempo libre, trabajadores sociales. Veo otra gente que está en paro, o que nunca pudo estudiar. Todos ellos son muy diferentes, y se acercan a Ágape con expectativas diferentes, aunque tienen algo en común: quieren crecer como personas. Y en ese espacio tranquilo, de colores blancos y azules claros, suceden cosas cuando la gente se acerca:  

Algunos entran a una sala cálida y acogedora, donde tiene lugar un maravilloso milagro: son escuchados. Allí encuentran un espacio de seguridad donde pueden explorar con calma  todo lo que ocurre dentro de ellos, con la certeza absoluta de que cualquier cosa que digan será aceptada. Encontrarán a otro yo con rostro amable y mirada comprensiva dispuesto a ser no guía, sino compañero de camino que permita adentrarse de forma segura en el Bosque de Sí Mismo. Y una vez allí, recorrer los caminos y resolver los asuntos pendientes para superar las crisis, reconciliarse con uno mismo, dejarse ser, ser libre.

Otros de los que llegan hasta ese espacio, lo hacen planteándose un cambio en sus vidas, pero no son capaces de iniciarlo. Saben que esto o aquello que hacen perjudica su salud (física o mental), pero (¡oh, paradoja!) por más que lo saben no son capaces de parar de hacerlo. Fumar, beber o usar otras drogas, comer sin control, mantenerse dentro de una relación destructiva... En mi sueño, llegan hasta Ágape confundidos y con sensación de vivir atrapados; y cuando salen se sienten  capaces  de caminar sin  ataduras, han luchado en el combate y han vencido. Y el premio es su libertad.

Otros de los que se acercan a Ágape son personas que descubrieron hace tiempo que el sentido de su vida es ayudar a otros a través de su profesión, y son conscientes de la enorme responsabilidad que eso supone. Son maestros, profesores, educadores, médicos, enfermer@s, trabajadores sociales, monitores, integradores, auxiliares de enfermería... Son incluso padres y madres, que aunque no son profesionales, están empleados en ayudar a crecer a otros las veinticuatro horas del día. Y todos ellos llegan hasta ese espacio que es Ágape en busca de ayuda para desempeñar su labor de la mejor manera posible, para entrenarse en poner lo mejor de sus cualidades humanas al servicio de las personas a las que atienden o educan. Y tras pasar por Ágape, sus manos son más delicadas, sus palabras más acertadas, sus oídos están más abiertos, son más capaces de ponerse en el lugar del otro y se conocen y aceptan más a sí mismos, lo cual les hace más capaces de aceptar a aquellos a los que ayudan sin reservas. 

Y si sigo soñando, veo que Ágape no conoce fronteras, veo que es un espacio que está cerca, en mi barrio, pero que también se expande hasta hogares y personas distantes e incluso países lejanos gracias a esa magia que son las nuevas tecnologías, que nos globalizan el mundo y no sólo para mal. 

Éste es mi sueño, que arrancó hace ya casi dos meses. Éste que os he descrito es mi sueño, con esa carga de magia que el cerebro que sueña pone en él. Al despertarnos, tenemos la costumbre de interpretar los sueños, hacerlos más comprensibles para nuestra "realidad real". Si así hubiera que hacer con este sueño que os cuento, os diría que sueño con un espacio en el que dar rienda suelta a lo que de un tiempo a esta parte he descubierto que es mi vocación: acompañar a personas en sus procesos vitales. Es por ello que empecé hace dos años la especialización como psicoterapeuta de orientación centrada en la persona. Y Ágape viene a ser el canal por el que quiero intentar hacer tangibles y útiles para otros algunas cualidades y habilidades que he descubierto que con los años he ido desarrollando, y que me esfuerzo cada día por mejorar. Ese canal que es Ágape empezará con una página de Facebook y este blog en el que, tras éste de presentación, subiré otros post que serán fundamentalmente de dos tipos: sobre crecimiento personal, para el público en general; y sobre relación de ayuda, para madres, padres, educadores, sanitarios, y otras personas que trabajan de forma voluntaria o remunerada en contacto con otros en los que dejarán huella, para bien o para mal... y que esperemos que este blog contribuya a que sea para bien.

Pero en breve (si todo va como lo sueño), quizás para el final del verano de 2015, será también una página web (que ya está en elaboración), una consulta de counseling y psicoterapia en Madrid, un equipo de formación sobre relación de ayuda, un servicio de psicoterapia on-line... y todo lo que las noches venideras me permitan soñar en clave de ayudar a crecer y ayudar a ayudar. 

Decía que la materia prima de los sueños son las experiencias que vivimos despiertos. En el caso de Ágape, así es: mis años de trabajo como médico de familia; mi experiencia en la educación no formal como monitora de niños y adolescentes en distintas situaciones sociales; la vivencia del trabajo de cooperación al desarrollo en Paraguay y Guinea Ecuatorial; mi participación en diferentes asociaciones y entidades de acción social; y sobre todo mi trabajo durante los casi tres últimos años en un centro de tratamiento de adicciones de la red del Ayuntamiento de Madrid, en el que he podido comprobar de primera mano la importancia de la relación de ayuda, y cómo si ésta reúne ciertas condiciones puede ser el mejor trampolín para que la persona dé un salto y cambie todo lo que ella quiera de su vida. Ésta es la materia prima de mis sueños, junto con el que para mí es el ingrediente más poderoso en la vida: la ilusión.

Desde hoy serán  post en un blog sobre crecimiento personal y relación de ayuda. Lo que será en el futuro sólo se puede saber si nos aventuramos a seguir soñando despiertos.

Bienvenid@s a Ágape. Poneos cómod@s, porque éste también quiere ser vuestro espacio.